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Ajustando Narrativas de Guerra

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La cotidianidad de los colombianos ha estado permeada por relatos de guerra y de violencia por más de medio siglo. Pero es en esta última década que las voces y las narrativas sobre el conflicto armado han venido diversificándose y expandiéndose de forma significativa, principalmente gracias a la institucionalización de procesos de reconstrucción de memoria histórica sobre la guerra, a iniciativas de la sociedad civil, y a las oportunidades abiertas por las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Si bien estas acciones aún se quedan cortas frente a la magnitud de los esfuerzos necesarios, desde muchas esquinas se ha logrado, poco a poco, introducir cambios trascendentales en las maneras en que la sociedad y el estado rememoran la guerra, entienden el conflicto, reconocen a sus víctimas y buscan transformar el pasado y el presente de la violencia.

Pero en cuestión de años, paradójicamente, crece la sensación de que estamos algo inundados, de que hemos llegado a un punto de saturación frente al qué y al cómo de esas narrativas que buscan llamar la atención sobre las graves consecuencias de la guerra. Algo no está funcionando del todo con eso que hemos venido haciendo, algo que limita el avance de esas historias en el trabajo que se espera de ellas —a nivel de sociedad y de cada individuo— en torno a la memoria, la reconciliación y la construcción de paz.

Sin proponérmelo desde un inicio, mi trabajo de campo ha abordado la guerra etnográficamente desde un punto de entrada atípico. He conversado con soldados, ex guerrilleros, científicos, funcionarios de salud pública, víctimas del secuestro, auxiliares de enfermería, campesinos y médicos sobre una enfermedad vectorial asociada estrechamente con la guerra: la leishmaniasis. Y en ese quehacer he notado formas diferentes —o al menos no convencionales— de narrar el conflicto y la violencia. Me he sorprendido al oír relatos que se apartan de discursos formateados, previamente ensayados, múltiples veces repetidos y, en ocasiones, plagados de lugares comunes. He quedado estupefacta al presenciar cómo conversaciones sobre leishmaniasis han posibilitado que las personas se vean a sí mismas como víctimas de formas insospechadas de violencia generadas por la misma guerra. Y aún me asombro cuando mis interlocutores y yo reconocemos, a través de la leishmaniasis, que la guerra se experimenta cotidianamente en formas distintas a aquellas en las que usualmente se nos presenta.

Entender el conflicto desde perspectivas alternativas enriquece nuestro entendimiento del pasado. Al adentrarnos en las dinámicas de la guerra desde resquicios no habituales se hace más difícil caer en los tropos narrativos que dan cuenta del conflicto armado colombiano a través de sus lugares, mecanismos y actores “tradicionales”. Adoptando esta perspectiva oblicua, se hace más fácil dar cuenta de la naturaleza ubicua, inescapable y penetrante de la guerra, la cual se expresa en realidades que aún permanecen, en gran medida, inexploradas. Aquí quiero resaltar el poder de historias no convencionales para hablar de realidades que, de otra manera, continúan estando eclipsadas. Y quiero reflexionar sobre las formas en que estas historias atípicas pueden ayudar a los colombianos a superar la violencia de la guerra.

Pero la leishmaniasis no es mortal, ¿o sí?

Llagas indoloras  sobre la piel, que crecen lentamente y se resisten a cicatrizar, constituyen la única manifestación física de la leishmaniasis. Estas lesiones aparecen luego de que la mantablanca —una mosca blancuzca, selvática y diminuta, a veces infectada con parásitos microscópicos de Leishmania— se tope con una fuente humana de sangre que le permita desarrollar sus huevos. Las úlceras de leishmaniasis a veces se curan por sí solas, pero a menudo necesitan algún tratamiento —popular o farmacéutico— que facilite su cicatrización. Lo que la biomedicina ofrece es un medicamento altamente tóxico, desarrollado en la década de los 40, que implica 20 días consecutivos de inyecciones dolorosas y desagradables efectos secundarios. Ese tratamiento farmacéutico, llamado Glucantime, ha sido objeto de controles estrictos por parte del estado colombiano y su acceso restringido suele entenderse como una estrategia política de guerra para perjudicar a una de las poblaciones más afectadas por la enfermedad: la guerrilla.

Moscas transmisoras de la leishmaniasis preservadas. Foto de la autora.

El control restrictivo de una droga por parte del estado para afectar a grupos guerrilleros señala, erróneamente, que la leishmaniasis es mortal. Bajo esta lógica, muchos en la ruralidad colombiana piensan que la leishmaniasis mata a pesar de que esta enfermedad es considerada por médicos y científicos como una afección de salud no mortal, de gravedad relativamente leve. En un contexto de guerra donde ser tildado de guerrillero es casi una sentencia de muerte, quizás el peor señalamiento del que alguien pueda ser objeto, resulta razonable —lógico, casi obvio— pensar que si el estado se toma el trabajo de restringir el Glucantime es porque la leishmaniasis mata a su enemigo.

Preparación de dosis de Glucantime para tratar a soldados del Ejército colombiano con leishmaniasis. Foto de la autora.

Luis Eladio Pérez es una figura pública de la política colombiana que se desempeñaba como miembro del Congreso en el momento de ser secuestrado por las FARC. Permaneció en cautiverio entre 2001 y 2008 en las selvas del sur colombiano. Durante su cautiverio, además de sufrir dos episodios de leishmaniasis, Luis Eladio sobrevivió inexplicablemente a dos comas diabéticos y a un paro cardíaco. Sin embargo, la única droga que recibió por parte de las FARC, en siete años de secuestro, fue Glucantime.

Las FARC nunca me dieron medicina, ni cuando me dio el infarto ni cuando me afectó la diabetes. La única medicina que ellos me dieron fue para la leishmaniasis (…) Ellos consideraban la leishmaniasis como una enfermedad mortal (…) Cómo será que se angustiaron más con la leishmaniasis que con el infarto (…) Ellos le ponen muchísima más atención a la leishmaniasis y le transmiten a uno ese temor que te estoy transmitiendo, tal vez. Ahora me haces caer en cuenta de que el equivocado todo este tiempo he sido yo. Yo consideraba la leishmaniasis la muerte, que se me iba ir al hígado, a los pulmones, a yo no sé dónde ¿si me entiendes? (…) La tranquilidad que me das con eso (…) Yo estaba totalmente equivocado y por culpa de ellos, porque ellos [las FARC] le trasmiten a uno pavor con la leishmaniasis. Como te digo, [el Glucantime] es la única droga que se esfuerzan por conseguir donde sea. La traían del Brasil, de Venezuela, yo no sé, de donde se pudiera.

Con nuestra conversación sobre la leishmaniasis, Luis  Eladio sintió un gran alivio al enterarse, casi diez años después de recobrar su libertad, de que no se iba a morir de esta enfermedad. Me comentó que con ese temor, desde su liberación, cada año hacía hasta lo imposible para que alguien le confirmara que no tenía parásitos de Leishmania circulando por su cuerpo. Su enorme alivio, sin embargo, se vio contrastado por un sentimiento de perplejidad: esa sensación de profundo desconcierto cuando la realidad con la que uno le ha dado sentido a sus experiencias y a sus miedos se cae a pedazos ¿Qué diferencia hizo nuestra conversación en su relato sobre el secuestro y la leishmaniasis? ¿Y qué diferencia nos hace a los demás conocer esta realidad bajo otra mirada?

Pluralizando horizontes de conocimiento sobre la guerra

Mi sensación es que muchas de las narraciones sobre leishmaniasis y guerra que he recogido durante mi investigación pueden ayudarnos a ajustar —apenas un cuarto de vuelta de tuerca— las referencias interpretativas que hemos construido hasta ahora para dar sentido al conflicto armado (Castaño et al., 2018). Esto sucede, quizás, porque quien cuenta historias sobre un problema de salud como la leishmaniasis no percibe estar hablando de violencia. Por el contrario, suele ubicar estos relatos al margen de las tensiones políticas y las narrativas típicas del conflicto armado. Al hacerlo, estas historias de científicos, moscas, repelentes, medicinas y políticas de salud tejen otras narrativas del pasado que enriquecen o complementan lo que hemos llegado a conocer sobre la guerra. De una forma poco convencional, logran pluralizar nuestros horizontes de conocimiento (Jackson, 2002) y nos invitan a explorar cómo el conflicto y sus lógicas han llegado a invadir cada rincón socio-cultural de nuestra sociedad, incluso espacios y actores en terrenos aparentemente asépticos como la biomedicina y la salud pública.

A partir de mis conversaciones con ex secuestrados como Luis Eladio Pérez, ex guerrilleros de las FARC y campesinos, he venido a entender que el rumor de la mortalidad por leishmaniasis constituye una realidad social cuya rectificación no pasa, únicamente, por proporcionar información “precisa”, “científica” y “correcta” sobre la enfermedad. Aquí no estamos tratando con un asunto de veracidad sino de credibilidad, de lo que se hace creíble en un contexto de guerra y de las reverberaciones de violencia que esto produce. “Los rumores se tornan creíbles si pueden explicar vínculos entre experiencias cotidianas y procesos históricos más amplios en los que las personas que diseminan dichos rumores se ven inmersas” (Kaler, 2009: 1714). Que la leishmaniasis sea mortal no solo es una afirmación creíble, sino una idea que, lejos de parecer absurda, tiene mucho sentido dentro de los patrones culturales y sociales que se han vuelto habituales durante cinco décadas de guerra sucia. Es el conflicto armado irregular el que ha desencadenado, exacerbado y permitido la persistencia de este rumor, ofreciendo las condiciones propicias para que se propague y se mantenga como una explicación audaz del daño causado por la leishmaniasis y la restricción aplicada sobre el Glucantime. En últimas, la guerra ha hecho que nuestros parámetros sobre lo que consideramos posible o creíble cambien y que esas alteraciones reproduzcan violencia.

La sociedad colombiana ha sido profundamente transformada y fragmentada por el conflicto armado, tanto que aún hoy nos es muy difícil explicar y ponernos de acuerdo sobre lo que ha sucedido. Nos cuesta entender cómo todos hemos participado, asumir el grado de responsabilidad individual y colectiva que esto demanda, y decidir qué necesitamos para superar esta incesante e inacabada tragedia. De manera poderosa, el estudio de la vida social de una enfermedad como la leishmaniasis nos da pistas para expandir tanto los espacios como las relaciones y los actores con los cuales debemos trabajar en la búsqueda de construir memoria, responsabilidad, reconciliación y paz.

Referencias

Castaño D, Jurado P and Ruiz G (2018) La Memoria como Relato Abierto: Retos Políticos del Trabajo de los Centros de Memoria y las Comisiones de Verdad. Análisis Político 31(93): 3–19. DOI: 10.15446/anpol.v31n93.75614.

Jackson M (2002) The Politics of Storytelling: Violence, Transgression and Intersubjectivity. Copenhagen: Museum Tusculanum Press.

Kaler A (2009) Health interventions and the persistence of rumour: the circulation of sterility stories in African public health campaigns. Social Science & Medicine 68(9): 1711–1719. DOI: 10.1016/j.socscimed.2009.01.038

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