Esta serie especial examina los límites espaciales, temporales y conceptuales de la infección. Como enfoque analítico principal, los autores de esta serie desglosan palabras clave de la epidemiología como brote, foco de contagio y epidemia, para evaluar su comprensión, uso y significado entre los científicos, los profesionales de la salud pública, los cuidados médicos, expertos y el público en general. A medida que las disrupciones en la salud pública se extienden por el panorama sanitario de Estados Unidos[1], y mientras la pandemia mundial de COVID-19 sigue acechando nuestro presente colectivo, los conceptos fundamentales a través de los cuales entendemos la transmisión de enfermedades exigen una renovada investigación, basada en la etnografía, además de una crítica y una teorización. Las publicaciones de esta serie abordan cómo las enfermedades infecciosas y sus conceptualizaciones se propagan a través del espacio y el tiempo, así como la forma en que la etnografía puede dar voz a las realidades vividas de la infección, las cuales se expanden constantemente.
Al (des)anclar palabras epidemiológicas clave en el trabajo de modelado de enfermedades y en las experiencias de quienes cuidan y viven con enfermedades infecciosas, esta serie pretende liberar dichos conceptos del control de la biomedicina y de su pretensión de definir y caracterizar qué es una infección (Briggs 2024). Específicamente, preguntamos: ¿cómo pueden los antropólogos médicos, y quienes se dedican a los estudios de la ciencia y la tecnología, ampliar estas palabras clave de manera que sean analíticamente útiles para la comprensión transdisciplinaria de las enfermedades infecciosas? ¿Cómo puede la “antropología con dos pies sobre la tierra” (Scheper-Hughes 1993) revisar o responder a estas palabras clave, cuestionando los límites que ellas reproducen y reifican? ¿Cómo es que las palabras clave condensan condiciones sociales y económicas de largo plazo dentro de la noción de crisis de salud pública, y cuáles serían los marcos y los lenguajes comunes que permitirían experimentar, detectar y definir las enfermedades infecciosas de otra manera?

Mapa de puntos de cólera de John Snow cerca de la bomba de agua de Broad Street, uno de los primeros usos de la visualización espacial en epidemiología. Esta fotografía fue tomada desde Johnson, Steven. 2007. The Ghost Map: The Story of London’s Most Terrifying Epidemic – and How It Changed Science, Cities, and the Modern World. Riverhead Books, New York. P190. Créditos: Katharina Rynkiewich.
¿Por qué el espacio? ¿Por qué la temporalidad?
Imaginar los espacios por los que se propaga la infección ha sido fundamental para comprender las enfermedades y gestionar las poblaciones. El emblemático mapa de puntos del médico británico John Snow, en el que se mostraban los casos de cólera agrupados en torno a la fuente de agua de Broad Street en el Londres del siglo XIX, ilustra cómo, desde hace mucho tiempo, las enfermedades se han hecho comprensibles a través de la visualización espacial, la proximidad y el confinamiento (Johnson 2006; Trostle 2005). El mapa de Snow hizo más que identificar una fuente de contagio; produjo una ontología espacial de la enfermedad, en la que la infección podía localizarse, delimitarse e intervenirse mediante la reorganización de la infraestructura urbana. La gestión de la propagación de enfermedades y la vigilancia de los cuerpos en el espacio han sido fundamentales para el afianzamiento del biopoder —es decir, el control de las poblaciones humanas mediante la intervención en su salud y otros parámetros biológicos— como una forma dominante de gobernanza liberal, surgida en Europa durante el siglo XIX, especialmente en relación con las epidemias de cólera (Foucault 2008; Cohen 2009). Desde entonces, los estudios en ciencias sociales y humanidades han desnaturalizado esas lógicas espaciales, enfatizando que el espacio no es ni neutral ni está preestablecido, sino que es siempre relacional, socialmente producido y profundamente entrelazado con las historias de raza, género y poder (Lefebvre 1991; Massey 2005; Shabazz 2015).
Imaginar espacios de infección implica también delimitar aquellos espacios a los que la infección no ha llegado aún. Un espacio sin infección no permanece necesariamente libre de enfermedad, sino que puede ser vulnerable al movimiento de bacterias o virus a través de ciertas fronteras. El término de Mary Douglas (1966) “materia fuera de lugar” resulta instructivo para este tipo de casos de contaminación, ya que señala cómo los microbios traspasan las fronteras sociales, espaciales y temporales y, al hacerlo, provocan una respuesta. Por ejemplo, Teresa MacPhail (2014) ha escrito sobre la iniciativa global de preparación ante pandemias que trabaja de forma continua, y a menudo ineficaz, para supervisar y controlar los movimientos de materia patógena (es decir, SARS, H1N1, etc.) dentro y a través de las fronteras. Incluso en ausencia de transmisión de la enfermedad, el miedo a un brote también puede propagarse y contaminar los espacios y las estructuras que habitan los seres humanos, algo que Carlo Caduff (2015) describe como “visiones de plaga”.
Las instituciones de salud pública suelen presentar la infección como una crisis aguda, excepcional e inesperada, creando un estado de excepción (Agamben, 1999) en el que se racionaliza y normaliza la intensificación de estrategias y técnicas para vigilar y contener los movimientos de las personas (Foucault, 2008). Estas medidas excepcionales pueden también extenderse más allá de los límites temporales de la crisis de salud pública para estructurar los periodos intermedios entre brotes públicamente reconocidos. La definición de una epidemia comienza por distinguir un momento de ruptura en el que una enfermedad empieza a propagarse entre las personas más rápidamente, en un lugar determinado, a lo largo de un periodo de tiempo (Trostle 2005; Cerón 2018, 105). Estos modelos de enfermedad temporalizan la infección en una cronología lineal que abarca las fases de preparación (o falta de ella), brote, pico y resolución. Las líneas temporales de la propagación de las enfermedades infecciosas son múltiples y están sujetas a controversia, enredadas en cuestiones de quién decide cuándo terminan los brotes y para quién. Por ejemplo, la administración de Biden declaró el “fin” de la pandemia de COVID-19 en la primavera de 2023, cuando muchos grupos seguían siendo vulnerables a la infección, concluyendo así con los programas de apoyo socioeconómico y la ampliación del acceso a la asistencia sanitaria que se estableció durante el periodo en el que la pandemia aún se consideraba una emergencia de salud pública (Death Panel 2021).
La hipervisibilidad y la intensidad de las crisis de salud pública ocultan la violencia lenta que suponen los efectos acumulativos y transgeneracionales del despojo de tierras, la explotación laboral y las barreras estructurales al acceso a la atención sanitaria. En lugar de poseer la visibilidad, la inmediatez y la intensidad que caracterizan a los actos de violencia espectacular, la violencia lenta es gradual, aparentemente imperceptible y “se dispersa a lo largo del tiempo y el espacio” (Nixon 2011, 2). Se materializa a través de enfermedades crónicas no transmisibles, como las enfermedades metabólicas, los cánceres y los trastornos inmunológicos (Yates-Doerr 2015; Moran-Thomas 2019). La distinción entre enfermedades infecciosas y transmisibles y enfermedades no infecciosas y no transmisibles oculta la persistencia de condiciones estructurales que hacen que ciertas poblaciones sean más vulnerables a la enfermedad y a la muerte lenta (Berlant 2007). Históricamente, la producción de crisis ha servido para estabilizar y normalizar instituciones y condiciones particulares que perpetúan los daños estructurales y sistémicos (Masco 2017). Un análisis crítico de las dimensiones espaciales y temporales de la infección guía nuestro esfuerzo por indagar cómo se delimita, se narra y se actúa ante las enfermedades infecciosas, y cómo formas alternativas de aprehender el espacio y el tiempo podrían reconfigurar qué y quién importa durante un brote.
¿Por qué palabras clave? ¿Por qué la etnografía?
Hemos organizado este número especial en torno a palabras clave que circulan en el discurso mundial sobre salud pública, especialmente en la documentación, la notificación y la modelización epidemiológica de las enfermedades infecciosas. Como investigadores en antropología médica crítica y estudios de salud pública, nuestro trabajo ha analizado cómo se configuran y se interpretan las enfermedades infecciosas a través de prácticas diversas y situadas (Lu 2024; Rynkiewich 2021, 2023; Imbert, Kinley, et al. 2021). Como etnógrafos que colaboramos con practicantes en salud pública y con las personas responsables de hacer políticas públicas, nos hemos sensibilizado con las vidas sociales que las palabras clave de la modelización epidemiológica adquieren dentro y fuera de los entornos de prevención, seguimiento y atención de las enfermedades. Las palabras clave tienen cierta definición, ya que marcan los límites de los espacios conceptuales (Williams 2014). Sin embargo, también están sujetas a múltiples interpretaciones, lo que invita a una comprensión más amplia de dichos espacios conceptuales. Inspirándonos en diversos proyectos similares en el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades críticas (véase también Altschuler, Metzl y Wald 2023; Howe y Pandian 2019), hemos invitado a los colaboradores a reflexionar, partiendo de palabras clave para el análisis. Algunas de ellas se yuxtaponen de manera productiva, mientras que otras constituyen la base para la crítica o proporcionan un punto de partida para generar nuevos conceptos. (Des)anclar etnográficamente palabras clave de la epidemiología es una forma de problematizar las maneras en que las formas de conocimiento médico y sanitario, las poblaciones y la propia infección se delimitan, o no, a lo largo del espacio y el tiempo.

El gráfico muestra los efectos de las medidas de prevención de enfermedades para reducir un pico agudo en el número de casos y aplanar la curva. Centers for Disease Control and Prevention (U.S.) “Interim pre-pandemic planning guidance : community strategy for pandemic influenza mitigation in the United States: early, targeted, layered use of nonpharmaceutical interventions” (2007). Accessed here: https://stacks.cdc.gov/view/cdc/11425.
Un análisis crítico de los estudios sobre enfermedades infecciosas implica desmontar y reconstruir las terminologías relacionadas con la propagación de las enfermedades, con el fin de identificar sus supuestos subyacentes y efectos asociados. Esto conlleva rastrear cómo las palabras clave son descontextualizadas y recontextualizadas por los profesionales de la salud pública, los pacientes, los cuidadores y el público en general, en un esfuerzo por ampliar, conectar y multiplicar sus significados y usos. Dichas palabras clave ponen de manifiesto cómo los diferentes imaginarios sobre el “público” y la “salud” dan lugar a diversas prácticas, discursos y materialidades de nuestros movimientos colectivos, proximidades y formas de cohabitar en los espacios. Las estrategias de gestión viral del COVID-19, por ejemplo, restringieron los movimientos y ordenaron los cuerpos en el espacio mediante medidas como el distanciamiento social, el confinamiento, el uso de mascarillas y las prácticas de higiene. Imágenes y eslóganes como “aplanar la curva” y “detener la propagación” abundaron desde el principio, traduciendo simultáneamente conceptos epidemiológicos al público y aplicándolos a la praxis inmediata de la salud pública.

Cartel de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) que muestra precauciones para mitigar la transmisión de enfermedades respiratorias. Credits: National Center for Immunization and Respiratory Diseases (U.S.). Division of Viral Diseases. “Coronavirus Disease 2019 (COVID-19): Stop the spread of germs: 2/6/2020” (2020). Accessed here: https://stacks.cdc.gov/view/cdc/84899/cdc_84899_DS1.pdf
La ingobernabilidad de la vida, junto con los esfuerzos y estrategias posteriores para hacerla gobernable, han sido fundamentales para la formación y la legitimidad del Estado (Dewachi 2017). La vigilancia tecnocientífica y la demarcación de fronteras en momentos concretos y críticos sirven para mitigar los efectos patógenos de la infección (MacPhail 2014). La gobernanza imperial y nacional se ha basado durante mucho tiempo en las lógicas de la salubrización y la higiene para justificar la exclusión y la racialización de grupos de personas (Stern 1999; Zulawski 2000; Wilson 2004; Molina 2010; Bivins 2015). Sin embargo, como se observó durante las primeras etapas de la pandemia emergente de COVID-19, las medidas de seguridad de salud pública no parecen aplicarse cuando se trata de personas encarceladas (Tosh, et al. 2020) y trabajadores migrantes (García-Colón 2020). En otros contextos, como los refugios para personas sin hogar, las autoridades locales de salud pública simplemente no pudieron aplicar muchas de estas medidas de seguridad, debido a las condiciones de hacinamiento y otras limitaciones (Imbert et al. 2020). Además, los modelos de transmisibilidad que las autoridades médicas han utilizado para describir la infección han excluido y deslegitimado históricamente otras formas de conocimiento médico y sanitario en torno a cómo y por qué se propaga la enfermedad (Briggs y Mantini-Briggs, 2016; Farmer, 2006).
El vocabulario epidemiológico y de salud pública que se emplea para caracterizar e intervenir en la propagación de la infección definen los límites espaciales y temporales de dónde se espera que se produzca la infección, hacia dónde se prevé que se propague y cómo los expertos y las comunidades podrían mitigar su propagación. Los colaboradores de esta serie se basan en distintos momentos históricos y situaciones etnográficas para seguir la vida social de palabras epidemiológicas clave. Alejandro Cerón examina cómo las decisiones en torno a la mitigación de las epidemias se dan en una tensa interacción entre la experiencia técnica y el imperativo político, rastreando cómo el mito moderno de John Snow ha moldeado la identidad profesional de la salud pública y la autoridad epidemiológica. Katharina Rynkiewich se basa en investigaciones realizadas en el sur de Florida (EUA) para mostrar la necesidad de ampliar el concepto de focos a fin de abarcar espacios de infección descentrados e intermitentes. Joyce Lu examina cómo el concepto de portador de la enfermedad se asocia a personas, animales y otros elementos móviles, además de incorporarse al habitus corporal en las tierras altas de Guatemala. Pat Kinley se basa en su experiencia en el rastreo de contactos de dos casos índice de COVID-19 en un albergue para personas sin hogar de San Francisco para demostrar cómo las violencias silenciosas de la gentrificación, el desplazamiento y el abandono se materializan a través de procesos interrelacionados de compresión del espacio y vulnerabilidad ante las enfermedades. Alex (Chuan Hao) Chen analiza el término fuga desde la perspectiva de la arquitectura de los laboratorios, explorando cómo las concepciones materiales y arquitectónicas de estos espacios proporcionan un terreno fértil para los rumores y las sospechas.
La disyuntiva (Bateson et al. 1956; Fortun 2001, 13, citado en Callison 2014) que plantea la comunicación de información sobre la propagación de enfermedades infecciosas radica en que, por un lado, requiere confianza en los métodos, las tecnologías y las instituciones que la generan y la gestionan; pero, al mismo tiempo, los modelos, las políticas y el discurso sobre la infección deben transmitirse al imaginario popular de manera que moldeen de forma significativa los valores, las acciones y el futuro colectivos. Desmontar y replantear las palabras clave a través de la etnografía también nos brinda la oportunidad de incorporar de forma productiva, y criticar sistemáticamente, terminologías sobre la marginación y la violencia estructural racializada que han sido ampliamente utilizadas. Evaluar y reconceptualizar las palabras clave que se utilizan actualmente promete ampliar los horizontes de la salud y el bienestar colectivos.
Invitamos a enviar nuevas propuestas para esta serie. Las personas interesadas deben ponerse en contacto con Joyce Lu (jl2295@rwjms.rutgers.edu) antes del July 1, 2026 y enviar un breve resumen de sus propuestas.
Nota
[1] En el año 2025, organismos de financiamiento como los Institutos Nacionales de la Salud y la Fundación Nacional de Ciencias sufrieron recortes presupuestarios, cierres de departamentos y una reducción de recursos que dio lugar a una imagen desoladora del sistema de financiamiento de la salud pública en Estados Unidos. Para ver más detalles, consulte: https://jamanetwork.com/journals/jama-health-forum/fullarticle/2834949 y https://www.sciencenews.org/article/nih-nsf-cuts-2025-data.
Expresiones de gratitud
La edición de esta publicación estuvo a cargo de Tayeba Batool, revisado por Melina Campos, y traducción al español por Karina Aranda.
Referencias
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