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La Encrucijada de la Mitigación de Brotes: Pericia Técnica, Imperativos Políticos y el Mito de John Snow

La mitigación de brotes siempre opera dentro de una tensión entre la pericia técnica (lo técnico) y los imperativos políticos (lo político). Mis conversaciones con epidemiólogos en Guatemala durante los últimos veintiocho años me han enseñado que esta dicotomía genera una tensión en su trabajo diario que alcanza su máxima intensidad durante un brote. La esencia de este desafío radica en lo que se busca mitigar. Lo técnico prioriza la enfermedad y sus efectos en la salud de la población, mientras lo político, en cambio, prioriza ciertas consecuencias sociales, económicas o políticas de la propagación de la epidemia. En sus relatos sobre brotes, varios de estos epidemiólogos han invocado la figura de John Snow, el médico inglés que en el siglo XIX investigó las causas de varias epidemias de cólera en Londres. Sostengo que Snow funciona aquí no solo como una referencia histórica, sino como un mito moderno que ofrece claves para comprender cómo los epidemiólogos interpretan la persistente tensión entre lo técnico y lo político, una presión que viven con especial intensidad al trabajar en la mitigación de brotes. A continuación presento ejemplos de esta dicotomía y referencias a Snow, a quien luego analizo como un mito moderno que ofrece claves para comprender el lugar de la epidemiología en la sociedad contemporánea.

Me topé por primera vez con esta tensión en 1998, cuando en ocasiones las acciones técnicas se veían obstaculizadas por las prioridades político-administrativas del director del distrito de salud local. Entonces yo participaba como estudiante de medicina en el control de brotes de cólera y malaria en la Costa Sur de Guatemala tras el paso del huracán Mitch. En 2001, mientras trabajaba como médico de atención ambulatoria en la región montañosa de Alta Verapaz, mis superiores en la jerarquía del Ministerio de Salud, bajo criterios políticos, gestionaron mi informe sobre casos de leishmaniasis cutánea con el fin de evitar que dichos casos pusieran en entredicho un nuevo programa de salud gubernamental. En 2004, en la Bocacosta de Sololá, la investigación de un brote de rotavirus se manejó con hermetismo, dado que las autoridades locales no deseaban que se cuestionara el sistema de tratamiento de agua de la comunidad. Más adelante, en 2020, mientras apoyaba los esfuerzos comunitarios para hacer frente a la COVID-19, algunos epidemiólogos del Ministerio de Salud me comunicaron que, si bien tenían plena claridad sobre las medidas técnicas necesarias, no podían compartirlas hasta que estas fueran revisadas por el nivel político y por la Presidencia, lo que generó un retraso de varias semanas en la publicación de las guías dirigidas a la población.

Además de esas experiencias, varios epidemiólogos que entrevisté entre 2009 y 2013, como parte de un estudio etnográfico sobre las prácticas epidemiológicas en Guatemala (Cerón 2018; Cerón 2019), mencionaron a John Snow cuando compartieron anécdotas que muestran esta tensión. John Snow es celebrado habitualmente como el “padre de la epidemiología moderna”, un estatus fundamentado en una narrativa hoy canónica que lo presenta como una figura heroica cuyo rigor empírico transformó decisivamente el conocimiento médico (Lilienfeld 1978; Susser & Bresnahan 2001; Vandenbroucke 2001). En su versión mítica, la historia se centra en diez días del verano de 1854, cuando un brote de cólera en el barrio londinense de Soho cobró unas quinientas vidas. Snow mapeó las muertes, identificó la bomba de agua de Broad Street como la fuente de contaminación, persuadió a la Junta de Guardianes local para que la inutilizara retirando su manivela y, de este modo, puso fin abrupto a la epidemia, demostrando que el cólera se transmitía a través del agua contaminada y precipitando el abandono de las teorías miasmáticas.

Lo técnico y lo político: el mito de John Snow. Crédito de la imagen: Emilio Ceron-Fort. Utilizada con el permiso del autor.

Sin embargo, la investigación histórica revela un panorama más complejo (Daniel 2004; Hempel 2007; Johnson 2007; McLeod 2000; Paneth et al. 1998; Pelling 2022; Vinten-Johansen et al. 2003). Snow llevaba trabajando en el cólera cerca de quince años antes de 1854. La identificación de la bomba de agua no fue un descubrimiento solitario, sino que dependió de las contribuciones de funcionarios públicos, miembros del clero y miembros de la comunidad. Sus contemporáneos lo consideraban una figura médica de relevancia menor (Pelling 2022). El giro intelectual de las teorías miasmáticas a las teorías microbianas se desarrolló gradualmente en las décadas siguientes, sin que los escritos de Snow ocuparan un lugar central en dicha transformación. El relato mítico que ha llegado hasta nosotros fue escrito por su amigo cercano Benjamin Ward Richardson y, a pesar de saberse que es históricamente inexacto, su vigencia perdura.

Varios testimonios de mi trabajo de campo ilustraron cómo se recurre a la versión mítica al abordar la tensión entre la pericia técnica y los imperativos políticos. Cuando la pandemia de influenza H1N1 llegó a Guatemala en 2009, arribó a un país cuyo plan antipandémico había sido presentado como un modelo a nivel regional. Sin embargo, en palabras de uno de los epidemiólogos directamente involucrados, “lo malo fue que pensamos que todo se iba a manejar técnicamente [pero] cuando realmente fueron los trancazos con el H1N1, el ministro de salud nos desplazó y él manejó todo desde el despacho con criterios políticos y de comunicación con la prensa, lo cual fue un desastre.” Más adelante agregó: “cuando lo político independice a lo técnico entonces el técnico será el responsable de sus actuaciones, como John Snow, que cerró la llave y terminó la epidemia, pero mientras el político tenga injerencia sobre los técnicos, todo será a medias.”

Guatemalan citizens using the community guidelines to discuss COVID-19 mitigation in Comalapa, Chimaltenango, Guatemala (July 2020). Photo credit: Sara Judith Mux Chuy. Used with permission by the author.

Una epidemióloga que trabajó con algunos de los casos iniciales de SIDA en Guatemala me contó: “yo hice como John Snow, mapeé bien los casos y sus factores de riesgo y veía claramente que había poblaciones de riesgo donde había que hacer algo, pero se lo presenté a mis superiores y a mí no me hicieron caso como a Snow,” añadiendo que “técnicamente se sabía cuáles eran las poblaciones de riesgo y las acciones que había que implementar […] pero políticamente no querían aceptar que esos comportamientos de riesgo existían en el país […] ojos que no ven, corazón que no siente.” Finalmente, otra epidemióloga señaló que la historia de Snow le resultaba motivante “pero después uno se choca con la realidad,” y me narró un brote en uno de los hospitales públicos más grandes del país que fue asignada a investigar. Me dijo, “sabíamos que era la Acinetobacter con la única diferencia de que no pudimos saber cuál era la fuente porque no dejaron que tomáramos muestras […] y hasta el momento no me han dado bases de datos de microbiología porque toda la gente dice que el año pasado hubo cinco brotes de Acinetobacter pero no hay ni uno solo documentado […] porque están priorizando lo político.”

La narrativa y el mito son elementos centrales en la constitución de identidades y en cómo los individuos y las profesiones se posicionan dentro de la sociedad. A través de las historias negociamos, dotamos de sentido y, en ocasiones, resolvemos temporalmente contradicciones y tensiones persistentes (Garro and Mattingly 2001; Ochs and Capps 1996). Las narrativas no son meras historias en el sentido coloquial, sino constructos sociales que pueden adoptar la forma de acontecimientos, discursos, esquemas o relatos; son, simultáneamente, individuales y compartidas, definidas tanto por su contenido como por su estructura. En su calidad de procesos culturales, las narrativas representan la realidad, pero también la moldean activamente, recurriendo a dimensiones estructurales, simbólicas, y performativas para hacer inteligible el mundo. En este sentido, constituyen un tipo de relato que media entre lo personal y lo cultural, alineando la experiencia vivida con marcos de significado más amplios.

La figura de John Snow ilustra el modo en que el mito opera dentro de este terreno narrativo. El mito – entendido como una historia sobre algo significativo, y no como una convicción o un relato literal de los orígenes – no tiene por qué versar necesariamente sobre dioses, cosmogénesis o la denominada “ciencia primitiva” de los antropólogos de antaño (Doty 1986; Segal 1999). Por el contrario, los mitos modernos, como el de Snow, destilan procesos históricos complejos en narrativas que articulan valores y aspiraciones profesionales. El mundo actual, impulsado por la lógica, no es tan racional como cabría pensar, dada la prominencia de los datos y las nuevas tecnologías. Nuestras sociedades siguen estando profundamente moldeadas por mitos, ideologías y rituales simbólicos. La ciencia y la teoría no sustituyen a la religión ni a las fábulas; de hecho, coexisten justo a su lado (Morin 1993; 2006). Al encontrarnos con mitos, la tarea analítica no consiste en desmentirlos, sino en estudiar sus orígenes y sus funciones, revelando cómo la narrativa sigue sirviendo de anclaje para la identidad, la autoridad y el sentido en los mundos sociales contemporáneos.

¿Qué función cumple, entonces, el mito de John Snow en los relatos de epidemiólogos guatemaltecos sobre brotes en los que lo político prevaleció sobre lo técnico? El mito les permite negociar su lugar y sus aspiraciones como profesionales en relación con una epidemiología que vive en permanente crisis de identidad y persistente ambigüedad de estatus social. En mi trabajo etnográfico previo identifiqué elementos del autorretrato de los epidemiólogos en Guatemala (Cerón 2018). El retrato presenta al epidemiólogo como un médico, pero como uno atípico, tangencialmente interesado en las ciencias sociales y que nunca disfrutará de las recompensas económicas, humanísticas y sociales de la labor clínica. También presenta a los epidemiólogos como cuasi-científicos carentes de poder, siempre supeditados a las decisiones de quienes toman las determinaciones políticas y administrativas. Al apelar a la figura de John Snow, el epidemiólogo reconoce esta realidad a la vez que expresa su aspiración a un mayor impacto. Esta realidad fue evidente en todo el mundo durante la pandemia de COVID-19 y sus secuelas (Armitage 2021; Milman 2020), y debería ser comprendida, aceptada y manejada consecuentemente si queremos mejorar la manera en que enfrentamos futuras emergencias epidemiológicas. Además, reconocer a John Snow como un mito moderno nos ayuda a comprender las contradicciones en la forma en que nuestra sociedad percibe la relación entre la pericia en salud pública y la autoridad política. Nos invita a confrontar la paradoja de la mitigación de brotes cuando ciertos ideales son priorizados por encima de nuestra salud colectiva.


Esta entrada es el primer ensayo de una serie que examina los límites espaciales, temporales y conceptuales de la infección. Esta publicación fue seleccionada por la editora colaboradora Tayeba Batool y revisada por la editora colaboradora Lilith Frakes.

Referencias

Armitage, Marie (2021). “Covid-19: public health expertise is being sidelined.” BMJ. 2020 Jun 19;369:m2454. Accessed April 6, 2021. doi: 10.1136/bmj.m2454.PMID: 32561510.

Cerón, Alejandro (2018). Epidemiología neocolonial: prácticas de salud pública y derecho a la salud en Guatemala. Guatemala: Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala (AVANCSO).

Cerón, Alejandro (2019). “Neocolonial epidemiology: public health practice and the right to health in Guatemala.” Medicine Anthropology Theory 6(1): 30-54.

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